La tienda de Sandra

Esta semana fui a trabajar al Bronx. Llego a Kingsbridge Road y espero en la acera a que llegue el resto del equipo. De una tienda botánica sale una mujer y me dice en inglés con fuerte acento que puedo esperar dentro de la tienda, que está muy frío para estar a la intemperie. Acepto su ofrecimiento gustosa, no es mucho el tiempo que se puede estar en exteriores con la temperatura varios grados bajo cero. De entrada, me parece rusa, tiene el pelo pintado de rubio, más o menos alta, con buen cuerpo y edad indeterminada, cincuenta y dale mal llevados o sesenta y tantos bien llevados. Alguien se asoma a la puerta y grita ¡Sandra! ella contesta en español “¡aquí estoy mi amor!” “ah, pero hablas español” le digo, “si mi amor” me responde.

Me entretengo viendo los santos, reconozco al Divino Niño y a Santa Bárbara, también hay deidades de la religión yoruba. Veo una estatuilla de San Miguel Arcángel que me gusta para un altar que quiero montar en casa. Hay esencias de todo tipo para preparar baños que rompen hechizos, llaman el dinero o atraen al ser amado. Velas de diferentes colores; blancas para limpiar energías, rojas para el amor, verdes para que fluya la riqueza. Pienso que podría llevar el San Miguel y unas velas.  

Todo el que entra en la tienda conoce a Sandra y ella a todos les trata de mi amor y les prodiga sonrisas. Llega una chica a comprar mirra, cuando está pagando se pone la mano en la espalda y se queja, dice que le ha estado doliendo por varios días, Sandra busca una pastilla y se la entrega.

Cuando no está frente a la caja registradora, está arreglando la mercancía. Mientras ordena unos inciensos habla para sí misma en portugués, le replico “voçê é brasileira?” “sí”, contesta sin interés como si ya Brasil fuera un lugar muy lejano para ella.

Cuando estoy a punto de preguntarle si hace consultas llega un señor mayor acompañado de una joven y anuncia que tiene cita, él tiene una andadera en la que se apoya para caminar dificultosamente, ella lo lleva del brazo para ayudarlo. No sé si es su pareja o su hija, la chica se sienta a mi lado y él al lado de ella a esperar que le llamen para pasar a la parte trasera de la tienda habilitada como “consultorio” para leer las cartas. Llega un hombre de tez morena y estatura mediana, delgado, viste de negro, tiene una cadena dorada y un collar de cuentas de colores, la cabeza cubierta con una media de esas para alisar el pelo, saluda a los presentes, “¿cuándo llegaste?” le pregunta una mujer visiblemente contenta, cuando lo escucho hablar intuyo que estaba en la República (Dominicana). Chino, así lo ha llamado la mujer que lo recibió efusivamente, pasa al área de la caja y organiza el espacio, luego destapa una caja de cartón que está en el centro de la tienda cubierta con unas cobijas.

Al rato advierto que la caja se mueve, pienso que quizás haya algo vivo dentro, ¿algún animal para un ritual quizás? No me atrevo a asomarme no vaya a ser que me asuste y lance un grito. ¿Y si es una culebra? ¡Yo le tengo fobia a las culebras!

Sigue llegando gente y todos se contentan de ver a Chino de regreso, el les devuelve el saludo con alegría, sus ademanes y manera de hablar me hacen pensar que es gay, cuenta que fue a ver a su padre que tiene 102 años, “tiene la mente mejor que yo” le dice orgulloso a una mujer que le responde en español con acento, como si tuviera ascendencia hispana pero el inglés fuera su primera lengua. La caja sigue moviéndose y cada vez me da más miedo que algo salte de allí. Me doy cuenta de que el señor que espera para la consulta también ha visto el movimiento de la caja, le pregunta a la chica que le acompaña si ella también lo ve, pero ella no le contesta porque tiene puestos los audífonos. Cuando intenta llamar la atención de la muchacha para decirle de la caja, Sandra lo hace pasar a la consulta, también llama a Chino y le dice que haga pasar a la muchacha. Ella va de mala gana y cuando regresa a sentarse a mi lado me dice que hay cosas que ella no puede hacer porque la agencia no lo permite, allí caigo en cuenta que no es ni pareja, ni hija del señor, es su cuidadora. Malencarada me dice que eso tendría que hacerlo un familiar o un amigo, quiero saber qué fue lo que le pidieron hacer, pero no me atrevo a preguntárselo. Ella mira a su alrededor y hace una mueca de desaprobación, “vine porque es mi hora de trabajo, yo estas cosas las respeto, pero…” La caja se mueve más fuerte y yo brinco en mi silla.   

“Yo la quiero jalal conmigo, ciega a todo el mundo a su alrededol que yo quiero que esté conmigo.” Dice un hombre con acento puertorriqueño con quien Chino habla por teléfono en altavoz. Cuando me estoy imaginando al amante rechazado que quiere retener a su amada a fuerza de brujería, lo escucho decir “ya yo hablé con mi esposa, la chamaquita es buena, pero está confundida.” ¿Será que es la hija a la que quiere separar de un enamorado que no le conviene?, ¿será que habló con la esposa para separarse de ella e irse con la chamaquita? Chino le dice “tienes que venir y traer fotos, ven lo más pronto posible y montamos eso. Vente el sábado”

El señor de la andadera sale de la consulta y se va con la muchacha de cara enfurruñada. Detrás de él viene Sandra y se acerca a la caja misteriosa, en mi cabeza suenan los acordes de la película Tiburón, la veo meter las manos para sacar lo que está dentro y mi corazón se acelera. “Mi amor” dice, apurruñando contra su pecho a un perrito chihuahua.

1 comentario en “La tienda de Sandra”

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