Las lecciones de Queen’s Gambit que no son de ajedrez.

Photo by Vlada Karpovich from Pexels

Queen´s Gambit (Gambito de Dama en español) es la miniserie que Netflix estrenó a finales del 2020 que puso el ajedrez de moda. En Siete episodios, la serie basada en la novela de Walter Tevis cuenta la historia de Beth Harmon, una niña que pierde a su madre a una edad temprana y es llevada a un orfanato donde el conserje del lugar le enseña a jugar ajedrez. La extraordinaria habilidad de Beth la lleva a convertirse en una ajedrecista profesional y a alcanzar éxito internacional.

Una historia atrayente -aunque poco relista-, un diseño de producción impecable, dirección magistral y actuaciones de primera le han granjeado a Queen’s Gambit millones de espectadores y diversos premios, entre ellos 2 nominaciones a mejor miniserie de televisión y mejor actriz en una miniserie para la televisión en los Globo de Oro que se entregarán el próximo 28 de febrero.

Aunque la historia de Beth Harmon es ficticia y como mencioné antes con pocas posibilidades de ocurrir en la realidad, plantea situaciones dignas de analizar.

  • Quien menos lo esperes tiene algo que enseñarte. Quien le cambia la vida a Beth enseñándole a jugar ajedrez no es un profesor o figura de autoridad, es el conserje del orfanato. ¿Cuántas veces los prejuicios no nos permiten aprender de personas que consideramos inferiores moral o intelectualmente? Cada uno tiene una experiencia de vida de la cual se puede obtener un aprendizaje. Caras vemos, corazones -y cerebros- no sabemos. A fin de cuentas, los peones también son capaces de dar mate.
  • La maestría requiere 100% de enfoque. Beth pensaba constantemente en el tablero, cuando dormía soñaba con las jugadas. Leía sobre ajedrez, además de jugar tanto como podía. Su talento extraordinario para mover las piezas en el tablero necesitaba foco, cuando su mente estaba en el ajedrez ganaba, cuando se dispersaba en otras actividades perdía.
  • La genialidad casi siempre tiene a la soledad como compañera. El genio de Beth para el ajedrez es inversamente proporcional a sus habilidades sociales. El hecho de que el ajedrez lo ocupe todo en su vida hace que no cultive relaciones ni de amistad, ni románticas. En una escena un antiguo oponente en el juego le dice “no amo el ajedrez, no estoy obsesionado como tú”. Refiriéndose a que prefería tener una vida más balanceada entre trabajo y familia y no concentrar toda su energía solo en una actividad.
  • El éxito es producto de una red -muchas veces invisible- de solidaridad. Beth no llega a la cúspide solo con su talento. A pesar de sus inhabilidades sociales, a lo largo de su trayectoria va encontrando personas que le ayudan a alcanzar su objetivo, sea brindándole soporte económico, emocional o ayudándola a descifrar las jugadas de sus contendores. El éxito de un individuo es el producto de la ayuda de muchos; una madre que prepara una comida, un amigo que se preocupa por ti, un socio que te brinda otra perspectiva de las cosas. Para triunfar hay que dejarse ayudar.

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