Cuando un amigo se va

“La muerte es algo natural”, “es parte del ciclo de la vida”, “vida y muerte son caras de la misma moneda” …Cuántas veces hemos escuchado frases como éstas o quizás nosotros mismos las hemos dicho, más aún en estos tiempos de pandemia. Pero no es tan sencillo cuando la parca nos roza y se lleva consigo a alguien cercano. Entonces además de sentir la pérdida nos estremecemos porque la pelona nos está respirando en la nuca y, ¡qué mal tino tiene a veces la condenada!  Así comenzó el año reclutando al amigo Rubén Darío Franco, gestor cultural de mi natal Maracaibo y padre de mi queridísima Marcia.

Rubén Darío como el poeta nicaragüense dedicó su vida a la cultura. Fue el primer director que tuvo el Centro de Arte de Maracaibo-Lía Bermúdez, el centro cultural más importante del occidente venezolano y donde gracias a él tuve mi primer empleo como guarda sala. Cuando dirigió el Museo Antropológico ahí también estuve yo cantando con Yolanda Delgado en las noches de bohemia que organizó en el antiguo retén de Bella Vista. También disfruté de los conciertos que produjo para la Orquesta Sinfónica del Zulia. El mundo cultural de Maracaibo le debe mucho a la laboriosidad y entrega del señor Rubén como siempre lo llamé. No recuerdo cuando fue la última vez que lo vi, pero de seguro estaba sonriente y me ofreció algún platillo que hubiese preparado. La familia era su gran pilar, siempre cercano a sus hijos, hermanos y nietos. Siempre presto a tender su mano generosa. En 30 años que tengo frecuentando a la familia Franco solo lo vi molestarse una vez. Fue un día de La Chinita, cumpleaños de Marcia. Celebrábamos en la casa familiar y comenzó a llover -como suele ocurrir el día de la patrona de Maracaibo-, sin pensarlo Marcia y yo salimos a la calle a bañarnos en la lluvia, cuando su padre se dio cuenta salió furioso a buscarnos. Volvimos a la casa regañadas, empapadas y muertas de risa. A él la rabia le duró 5 minutos, era un hombre pacífico y risueño.

Cuando en los días cercanos a la nochebuena supe que el coronavirus se había ensañado con su organismo y perdía la batalla me dije “¡qué vaina! Se va a morir el 24 y no van a poder volver a celebrar la navidad”. Pero el señor Rubén no les quiso echar esa vaina a sus hijos y se mantuvo en pie de lucha hasta que la siempre inoportuna Átropos no le dio más tregua y los primeros días de enero finalmente le cortó el hilo de la vida. Yo no salgo de mi asombro, no dejo de pensar en lo frágil que es la vida, en lo fugaz que es cómo para desperdiciarla en bagatelas, y todos esos lugares comunes que uno escucha constantemente y no les presta atención hasta momentos como éste, cuando se entera que una persona que uno conoció y por quien sintió afecto, un día se infectó de un virus y de la noche a la mañana dejó de existir. No dejo de pensar en la canción de Alberto Cortez a quien el señor Rubén le hubiera podido producir un concierto en Maracaibo “cuando un amigo se va queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río”. Tampoco dejo de pensar en Marcia y sus hermanos y en el dolor que los embarga. Solo espero que un día vuelva a reírse como cuando nos bañamos en la lluvia.

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