
Ohad Naharin ocupa un lugar entre los coreógrafos más destacados de la actualidad, y la última presentación de su compañía, Batsheva Dance, da cuenta de por qué.
Cuando llegué a la Brooklyn Academy of Music para ver este espectáculo de danza contemporánea, me encontré con más seguridad de lo habitual. Además de revisar mi bolso y pasar el detector de metales por mi cuerpo, una vez adentro, en dos oportunidades empleados de seguridad me preguntaron la razón de mi visita. Cuando quise tomar el ascensor para ir al baño, una empleada de seguridad me detuvo y me pidió mostrar mi boleto de entrada. Me pareció un poco exagerado hasta que recordé que Batsheva Dance es una compañía de Israel.
Un inicio fuera de lo común
Entré a la sala poco antes de las 7:30 p.m., la hora pautada para iniciar el espectáculo. El escenario está completamente vacío y se escucha el barullo de la sala llena. A las 7:46, cuatro bailarines masculinos salen a escena sin anuncio previo, con las luces de la sala aún encendidas. Cuando el público advierte su presencia, el silencio se va imponiendo progresivamente. Solo se escuchan personas tosiendo en diferentes lugares de la sala —¿se han dado cuenta de que, antes de empezar un espectáculo, siempre hay gente que tose?
Los cuatro bailarines llevan pantalones y el torso desnudo, y atraviesan el escenario realizando movimientos lentos, sincronizados con precisión impecable.
Lo que me fascina de la propuesta de Naharin es que no se parece a nada que haya visto antes. Cuando busco en mi archivo mental de referencias para encontrar una asociación con lo conocido, no encuentro nada. Lo que estoy viendo no me recuerda a Martha Graham ni a Pina Bausch ni a la chichamaya de los wayúu. Lo que hacen sus bailarines en escena es completamente nuevo para mí.
Escribir sobre danza contemporánea es intentar poner en palabras emociones y sensaciones. A diferencia del ballet clásico, la danza contemporánea no tiene un hilo narrativo ni cuenta una historia. El coreógrafo tiene una idea o una emoción que quiere transmitir a la audiencia a través del cuerpo de los bailarines. Pero, al final, lo que el público siente e interpreta cuando ve esos cuerpos en movimiento es un reflejo de sus propias ideas y emociones. El escenario es un espejo que le muestra a la audiencia lo que tiene dentro de sí.
Contrastes en escena

A los cuatro bailarines del principio, que conforman una suerte de coro, se les suma otro intérprete masculino. Lleva un traje ceñido del mismo color de su piel, por lo que da la impresión de estar desnudo. El vestuario y sus movimientos sugieren a un contorsionista de circo. Su extravagancia contrasta con los coristas, que se mueven acompasadamente y en perfecta sincronía, como si flotaran. Sus movimientos son limpios pero sencillos, y la técnica revela los años de entrenamiento sin necesidad de aspavientos.
Entra a escena una intérprete femenina. El vestuario de ella recuerda a Jane de la selva, y sus movimientos van del contorsionismo al ballet. Se le une un bailarín masculino con el torso desnudo y un tutú, que realiza movimientos propios del ballet. Luego entran a escena cuatro bailarines con vestuarios y movimientos similares a los del primer contorsionista.
El impacto visual y emocional
Son en total 11 bailarines en escena que realizan diferentes secuencias —yo conté cinco, según los cambios de música y composición de las imágenes. En todas las escenas, el cuerpo y sus posibilidades —trepar, saltar, flotar, tocar, girar— son lo que prevalece, en ocasiones acompañado de sonidos como gritos o exclamaciones.
Siento que la danza contemporánea está más cerca de la pintura o la fotografía que de otras artes. Las imágenes que Batsheva Dance me mostró evocaron en mí escenas surrealistas dignas de los cuadros de Dalí; otras me recordaron las delicadas pinturas de bailarinas de Degas. Después de 70 minutos de performance, salí de BAM con la alegría y satisfacción que deja presenciar la belleza.