
Las recientes elecciones en Venezuela abrieron las heridas que pensé que habían sanado. Maduro se burló de la voluntad popular al declararse ganador sin mostrar pruebas y desató una represión horrorosa.
Hace 9 años salí huyendo de la escasez de alimentos, los apagones y la inseguridad. Pero, sobre todo huyendo del desconsuelo de despedir a mis mejores amigos, a mis hermanos y a mis sobrinos.
Cuando tocó el turno de montar en un avión a mi hija -que apenas tenía 13 años-, supe que mi tiempo en Venezuela estaba contado. 3 meses después estaba haciendo maletas.
Emigrar ha sido una de las experiencias más duras que me ha tocado vivir. Por esa razón, es una de las experiencias que me ha dejado más enseñanzas.
A continuación 9 enseñanzas que me ha dejado ser inmigrante.
- Lo material se recupera. Siempre me pareció una frase retórica para consolar a alguien después de un atraco. Comprendí que era cierto cuando me tocó meter mi vida entera en dos maletas. Lo más preciado no fueron cosas con un valor en metálico. Fueron aquellas que eran el testimonio de quien era o había sido. Fotografías, libros, souvenirs de viajes, regalos de personas especiales, hasta CDs -en tiempos de Spotify-. En fin, mis recuerdos. Las piezas que conforman el rompecabezas de mi existencia.
- Nunca estás completamente solo -aunque así lo creas-. No es fácil llegar a un lugar donde no conoces a nadie. No hay amigos del colegio o de la universidad. Tampoco hay domingos familiares. Pero aun así, eres parte de la raza humana. Cuando lo necesites, siempre habrá un prójimo que te tienda la mano. Como Blanche DuBois, he aprendido a depender de la amabilidad de los extraños. Valoro mucho más los gestos de solidaridad de los compañeros de trabajo que me cantan el happy birthday en la oficina. Los roommates que me invitan a pasar thanksgiving con su familia. Y el desconocido que me pregunta “are you okay?” si se me escapa una lágrima en el tren. También agradezco la tecnología que me permite ver a mi familia y amigos a través de la pantalla y aprecio muchísimo más el tiempo que compartimos en persona.
- Tu ciudad vivirá en ti. “No habrás de hallar nuevos sitios, ni encontrarás otros mares. Te seguirá la ciudad” dice el poeta Cavafis. Lo compruebo cuando el Hudson se me transfigura en el Lago de Maracaibo y el Washington Bridge en el puente sobre el lago. Aunque hable en inglés, desayune bagels y celebre el 4 de julio; sigo soñando en español, amando los tequeños y anhelando una Venezuela libre.
- Ni lo de afuera es tan bueno, ni lo nuestro tan malo. Los latinoamericanos tendemos a menospreciar lo nuestro y a idealizar a los Estados Unidos. Cuando vives aquí te das cuenta de que las cosas no son tan perfectas como pensabas, también hay corrupción, también hay gente que no le gusta trabajar, no es tan primer mundo como pensabas y por mirarse el ombligo se han quedado atrás en ciencia, tecnología, educación y cultura. Lo que es un bastión es la defensa de la libertad y la institucionalidad y ahí radica su grandeza.
- Es un dolor con el que se aprende a vivir, pero nunca se va. El exilio es como la muerte de un ser querido, duele mucho al principio y con el tiempo el dolor se transforma en un dejo de tristeza al recordarlo. Nueva York es mi hogar y la amo, pero basta que juegue la Vinotinto o escuche una gaita para que la venezolanidad se me alborote e incluso rompa en llanto.
- El concepto de la venezolanidad. Una vez caminando por Madrid un señor me gritó “adiós venezolana”. Me volteé sorprendida porque no llevaba nada que me identificara como tal. Cuando le pregunté cómo sabía que era de Venezuela me contestó “por como caminas”. Había reconocido la manera de estar en el mundo, de moverse, de los venezolanos. Yo también he reconocido muchas veces a mis compatriotas por el tumbao’.
Ser venezolano es más que comer arepas y hablar comiéndose las eses. Me conmueve como se asume la responsabilidad de proveer a los progenitores que se quedaron allá o traerlos a vivir al país donde se emigró.
“My best friend is Venezuelan” me dijeron más de una vez cuando mencioné mi país de origen porque el venezolano no es un amigo cualquiera, es el mejor. - A apreciar la diversidad y la libertad. Vivo en una de las ciudades más diversas del mundo. Me atrevería a decir que en Nueva York hay al menos una persona de cada país del planeta. Estar expuesta a esta diversidad cultural ha abierto mi mente, me ha hecho más receptiva y empática. También valoro y respeto más la libertad individual. Me encanta ver gente vestida a su aire sin temor a ser juzgada. Que la gente pueda expresarse libremente y sin miedo es inspirador.
Todo el mundo debería vivir en otro país por algún tiempo, preferiblemente donde se hable otro idioma, porque expresarse en otra lengua también abre otra dimensión del pensamiento. - El ser humano es resiliente. Estamos diseñados para superar obstáculos, de eso se trata la evolución, de adaptarse a un entorno nuevo. Empezar una nueva vida desde cero desarrolla la creatividad y recursos personales con los que no se contaba. Ahora entiendo a tantos inmigrantes italianos, portugueses, españoles, chinos, árabes y latinoamericanos que llegaron a Venezuela sin dinero y sin conocer el idioma y aun así crearon industrias, comercios y servicios.
- ¡El queso palmita es el mejor del mundo! No lo vas a entender, tampoco te lo voy a explicar.
A veces fantaseo con volver a vivir en Maracaibo. Luego me acuerdo del calorón 365 días del año y se me pasa.
Muchas gracias por las reflexiones, son muy necesarias y en algún momento nos pueden servir de mucha ayuda. Saludos cordiales Laurapetit.
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¡Gracias a ti por leerme!
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